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Cartagena, Nueva York y Miami, entre las zonas costeras en riesgo de desaparecer por el cambio climático: ¿cuánto les quedaría?

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Gardi Sugdub es una isla del Caribe panameño, 100 kilómetros al este del puerto de Colón. Solía tener 365 metros de largo y 137 de ancho, pero esas dimensiones empiezan a reducirse a medida que las aguas avanzan y hunden en el mar el sobrepoblado islote que por cerca de 200 años ha alojado a medio millar de familias. Más de 300 de ellas se han acogido de manera voluntaria a un programa del gobierno para instalarse en un pequeño poblado en tierra firme, un dramático cambio en su forma de vida.

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“Estamos un poco tristes porque vamos a dejar atrás las casas que hemos conocido toda nuestra vida, la relación con el mar, donde pescamos, donde nos bañamos y donde recibimos a los turistas, pero el mar está hundiendo la isla poco a poco”, le dijo a principios de mes Nadín Morales, de 24 años, a la agencia Associated Press (AP), mientras ella y su familia empacaban sus pertenencias.

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Unas 60 comunidades indígenas y afrodescendientes que ocupan islotes en archipiélagos del Caribe y del Pacífico panameños, que sobresalen apenas medio metro del nivel del océano, están incluidas en el programa de traslado voluntario. 

No sólo están amenazadas por la subida de las aguas que se agrava entre diciembre y enero, cuando los vientos encrespan el mar y las olas se agrandan. También por el aumento de la temperatura de la superficie marina, que afecta la pesca, y por los huracanes cada año más feroces.

En Panamá hay varias playas en riesgo de desaparecer.

Foto:YouTube.

Se trata de regiones donde el acceso al agua potable plantea grandes desafíos, pues las fuentes hídricas son escasas y a veces nulas.

Dramas similares se repiten en las islas Maldivas, una república insular al sur de la India, al igual que en decenas de archipiélagos de Oceanía, como las islas Marshall, y otros pequeños países isleños como Tuvalu, Nauru, Tokelau y Kiribati.

Las playas y demás zonas bajas del archipiélago colombiano de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, así como, al noreste, los cayos de Roncador y Quitasueño y los bancos de Serrana y Serranilla, también están en peligro. En el caso de San Andrés, si el aumento de las aguas del Caribe continúa al ritmo actual, cerca del 20 por ciento de la isla desaparecería para mediados del siglo.

Panorámica de Providencia.

Foto:Prensa Norma Hurtado

Las zonas del mundo que están en riesgo de desaparecer por el cambio climático

El caso de las Maldivas -un paraíso turístico del océano Índico con lujosos hoteles de playa- es impactante: cerca del 80 por ciento del territorio está a menos de un metro sobre el nivel del mar y, con el continuo aumento de la cota de las aguas, podría sumegirse de manera definitiva en lo que queda del siglo. Pero el desastre puede sobrevenir antes: con un aumento de 40 centímetros, que muchos esperan para 2050, la mitad del territorio de Maldivas quedaría bajo el agua.

En Oceanía, la situación más crítica la vive Tuvalu, un país insular de menos de 12 mil habitantes -el de menor población en la ONU-, constituido por nueve atolones, de los cuales dos fueron devorados por el mar. Al ritmo que aumenta el nivel del océano, para finales de siglo, el 95 % de Tuvalu estará bajo la superficie, razón por la cual negocia con las autoridades de su vecino Australia el traslado de una parte o incluso de toda su población.

Tuvalu, la isla que una vez fue un gran destino turístico, ahora está al peligro de la extinción.

Foto:iStock

Los atolones, explica Geraldine Giradeau, profesora de la universidad Paris-Saclay experta en asuntos delPacífico, “son bandas de tierra extremadamente estrechas, con algunos cientos de metros, y a veces apenas decenas de metros de ancho”, lo que, según dijo al periódico parisino La Croix, los hace especialmente vulnerables.

Al igual que Tuvalu, las islas Salomón pertenecen a la Mancomunidad de Naciones surgida tras los procesos de descolonización del imperio británico. 

Allí, cinco islas del archipiélago -Kale, Rapita, Kakatina, Zollies y Rehana- ya desaparecieron bajo el agua. Estaban deshabitadas, pero en ellas crecía una rica vegetación.

El problema comienza mucho antes de la inmersión de esas porciones de tierra. Se trata de regiones donde el acceso al agua potable plantea grandes desafíos, pues las fuentes hídricas son escasas y a veces nulas, y los depósitos freáticos usados en el pasado, se vuelven inutilizables porque aún antes de la inundación, el aumento del nivel del mar saliniza los suelos y esas fuentes dejan de proveer agua dulce.

Las zonas costeras, en peligro por el cambio climático

A fines de 2021, en un mensaje a la COP26 que se celebraba en Glasgow, Escocia, el ministro de exteriores de Tuvalu, Simon Kofe, se hizo famoso por un video que grabó y tuvo amplia divulgación, donde ofrecía una impactante declaración sobre la crisis de su país insular, vestido de saco y corbata, pero descalzo, con pantalón corto y el agua del mar hasta las rodillas.

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Desde su atril oficial anclado en el fondo, Kofe le hizo ver a las demás naciones que lo que le ocurre a Tuvalu es apenas una señal de lo que sucederá en muchas regiones del globo, tanto islas como zonas costeras. “Nos hundimos -dijo sobre su país-, pero lo mismo ha de sucederle a todo el mundo”.

“En Tuvalu nos hundimos, pero lo mismo ha de sucederle a todo el mundo”.

El deshielo de los polos -y, muy en particular, el de Groenlandia- está aumentando el nivel de los océanos. Pero las aguas suben aún más por cuenta de las temperaturas más altas del océano derivadas del cambio climático, pues el calor expande los cuerpos líquidos. Y ese calor en la superficie del mar aumenta la ocurrencia de huracanes y marejadas.

Groenlandia.

Foto:iStock

El caso de Groenlandia es especialmente crítico, pues cuando el hielo de su superficie se derrite, baja directo al Atlántico norte. Si toda la capa de hielo de Groenlandia se fundiera, los océanos podrían llegar a aumentar hasta 7 metros. Pero no hace falta algo tan contundente para causar una catástrofe: los expertos del clima advierten que, de continuar a este ritmo el aumento de la temperatura en el planeta, los mares podrían subir entre 60 centímetros y 1,8 metros en la segunda mitad del siglo, lo que llevaría al desastre a miles de islas y poblaciones costeras.

Si toda la capa de hielo de Groenlandia se fundiera, los océanos podrían llegar a aumentar hasta 7 metros.

Ciudades como Nueva York o Miami, o Cartagena en el caso colombiano, verían buena parte de su territorio sumergido. 

Las autoridades de la metrópoli del sur de La Florida anunciaron hace pocos días una inversión de 2.700 millones de dólares en este década, para prevenir las inundaciones derivadas del aumento del nivel del Atlántico. Pero esa cifra puede quedarse corta y algunos cálculos apuntan a la necesidad no de miles de millones sino de decenas de miles de millones de dólares en las décadas por venir.

Nueva York alberga más de 6,000 edificios altos, con el One World Trade Center siendo el más alto, con 541 metros de altura.

Foto:iStock

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¿Qué pasa cuando las ciudades no cuentan con la riqueza para prevenir desastres narutales?

Todo esto es mucho más complejo en las regiones del mundo que no cuentan con la riqueza de Miami, donde no ha sido posible llevar a cabo esas inversiones, y a los habitantes sólo les queda evacuar, como ocurre en países africanos y de América Latina.

Ayetoro, en Nigeria, fue fundada hace medio siglo en desarrollo de una utopía cristiana. Apodada ‘La ciudad feliz’, sus habitantes integraban una comunidad que pretendía desarrollarse sin clases sociales y sin pecado. Pero al igual que ocurre en decenas de poblados en la costa oeste de África central, a orillas del océano Atlántico, a Ayetoro se la está tragando el mar.

El Banco Mundial calcula que Nigeria necesita inversiones de casi 10.000 millones de dólares para enfrentar la crecida del mar, una cifra que equivale al 2 por ciento del PIB del país.

El gobierno de Nigeria, el país más poblado de África con 220 millones de habitantes, preveía hace unos años importantes inversiones para la protección costera. Pero, la corrupción, la falta de planeación y la escasa ejecución dieron al traste con el programa. 

En Ayetoro, las edificaciones se hundieron en el mar y aparte de los restos de precarios malecones y de cimientos, sobre la línea costera sólo es posible apreciar postes de luz derribados.

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Miles se han ido, narraba este lunes en un detallado informe la agencia AP, y los que quedan tuvieron que trasladar la iglesia tierra adentro, pero el mar se ha seguido acercando y ya está a 30 metros de la nueva capilla. En el área que rodea el semidestruido poblado, el océano ha devorado unos 10 kilómetros cuadrados, algo así como el 60 por ciento de la antigua zona urbana en tres décadas.

El Banco Mundial calcula que Nigeria necesita inversiones de casi 10.000 millones de dólares para enfrentar la crecida del mar, una cifra que equivale al 2 por ciento del PIB del país. La acelerada urbanización de las costas, la erosión y la pérdida de los manglares que regulaban las aguas en los alrededores del delta del río Níger, contribuyeron al desastre, como ha sucedido en otras zonas costeras del planeta.

Lagos, en Nigeria, es la ciudad más sobrepoblada del mundo.

Foto:iStock

“Mire usted -le decía Manuel Jesús Hernández, de 54 años, a la periodista Angeline Montoya del diario parisino Le Monde, la semana pasada, mientras señalaba un punto en el agua del golfo de Fonseca-, ahí nací yo. Cuando estoy en ese lugar en mi chalupa, a veces me inclino sobre el agua y pienso que ahí abajo está mi casa”.

Como él, decenas de pescadores de esta zona costera en la salida de Honduras al Pacífico, han perdido sus viviendas, en especial en el pueblo de Cedeño, de 5.000 habitantes, que ha visto cómo se sumerge la mitad de su territorio, con sus viviendas, comercios, hoteles y restaurantes, su escuela y las casetas para la atención a los turistas en una playa casi desaparecida.

Los ciclones serán más intensos, las islas afrontarán picos de destrucción y la erosión costera pondrá en duda el uso de los litorales que estén poblados.

“Es el Pacífico, nuestro patrón, que ha venido a cobrarnos sus impuestos -agrega Hernández-. Todo es muy triste”. No lejos de allí, en las islas caribeñas, hay crisis similares. Como explicaba hace algún tiempo la experta Virginie Duval, del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (Giec), auspiciado por la ONU, tras analizar la situación de los archipiélagos antillanos, los impactos serán múltiples y devastadores.

“Los ciclones serán más intensos, las islas afrontarán picos de destrucción, la erosión costera pondrá en duda el uso de los litorales que estén poblados y tengan actividades turísticas e infraestructuras, y el mar desafiará escolleras y malecones de roca”, agrega Duval.

“Habrá que replantar manglares y restaurar bancos coralinos”, anota, mientras reconoce que, con las aguas más cálidas, la pesca de la que viven miles también resultará golpeada. No es una predicción para el futuro, sino algo que, en numerosas regiones del planteta ya comenzó.

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MAURICIO VARGAS

ANALISTA SENIOR EL TIEMPO

mvargaslina@hotmail.com /Instagram @mvargaslinares





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